WENDY RAMOS REY

Entrevista

 

WENDY RAMOS REY

 

Empresa: tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo. La Real Academia resume lo que esta clown hace. Su tarea, aquí, entraña una enorme dificultad, y ella ríe

 

“Las cometas vuelan contra el viento”

 

ANTONIO ORJEDA

 

¡Cómo pudiese ser esta página inacabable! Así podría albergar las peripecias -habidas y por haber- de los doctores Bola Roja, peripecias que no son más que un sancochado de trabas, sudor y sonrisas. Las trabas son un obsequio del Estado y sus empresarios, del sudor se encargan ellos y, de mostrar los dientes, los centenares de niños que en los hospitales tienen mayor predisposición a sanar gracias al indoblegable amor que Wendy Ramos tiene por su oficio: ser una clown.

            Lo suyo es una empresa, le dijimos. ¡Tenemos que entrevistarla! “Si tú lo dices”, ella aceptó. Porque usted lo sabe: el hacer empresa no está asociado únicamente al dinero.

 

¿De qué vive?

De qué malvivo, doy talleres de clown. Básicamente de eso, acá y afuera. La próxima semana me voy a dictar uno en Colombia. En Chile te pagan mucho mejor, también voy para allá.

 

Aquí, en un principio se creyó que ser clown era aprender a reírse de uno mismo. Sin embargo, es mucho más. Usted le ha encontrado otro uso a su nariz roja.

Partamos de burlarse de sí mismo: ese es un concepto que yo aprendí en Pataclaun. Cuando me salí de ahí, hice un ‘re-start’ (reinicio), porque ser clown no es necesariamente burlarse de uno mismo: hay mil formas de ser clown, y lo que hacíamos en Pataclaun era más el modelo argentino, en base a un taller que tomó la directora. Yo he hecho talleres en mil sitios, he buscado a los maestros más diferentes para encontrar cuál es mi manera de ser clown.

 

Ha hecho talleres en España, México, Brasil.

Busqué a los top: a Phillipe Gaulier, Eric Bont… He tomado bastantes talleres y de distintas ópticas, y en ninguno encontré: yo me burlo de mí. Encontré: esto es lo mejor que yo puedo ser. ¿Qué es ser lo mejor que puedo ser? Ser sincero, porque siéndolo se va a notar lo que tú en realidad eres: envidioso, mala onda, chévere, ¡lo que sea! Ahora, no niego que lo otro funcione, ¡sino por qué Pataclaun fue tan fuerte! Eso tiene que ver con el tipo de humor del peruano, que es de burla.

 

Nos gusta reírnos del otro.

¡Entonces vamos a reírnos todos de él! Si yo me hubiera enterado de que existían los Clown de Hospital mientras hacía Pataclaun, no lo hubiera hecho más, porque para mí no tiene sentido: no voy a ir a un hospital para reírme de un niño para lograr que otros se rían.

Yo entonces no sabía de otros grupos ni qué tendencias había, ¡nada! Al salir recién me enteré de que existía Patch Adams, y de repente comencé a recibir señales: me subí a un ómnibus en México y pasaron la película de Patch Adams, de ahí llegó una amiga y: he visto una página de clowns bien bacán, entro y era de Clowns de Hospital; de ahí, otra: ey, en Chile está Patch Adams, ¿por qué no vienes? Y en la noche, otra me manda un mail: me han invitado a una cena con Patch Adams, ¡escríbele una carta y se la doy! Entonces, lo hice: le escribí una carta y le dije que me dejara de perseguir, por favor (reímos)… porque todo eso ocurrió en el lapso de un mes. Y él me envió un par de libros. Yo no había trabajado para niños, ¡nunca! Nunca había hecho esto, lo que hice fue siempre en un estudio de televisión: no tenía contacto real con las personas. Había muchas cosas que me asustaban. Además, esto del Clown de Hospital, podía ser solo ‘floro’ (algo inconsistente).

 

Sin conocerla, Patch Adams le regaló un par de libros. Ese es un punto clave en lo que ustedes hacen: la generosidad.

Claro. Y yo comencé a mandarle fotos de mis alumnos, de mis talleres, a contarle de mis miedos; y él me animaba: llévate a tus alumnos a la calle, solo por el placer de hacerlo… ¿Por el placer de hacerlo? ¡Qué paja! Le dije a mis alumnos. ¡Ya! ¡Vamos! Inventamos reglas, nos separamos por parejas y nos encontramos en dos horas. Fue divertidísimo. ¡Ser clown es una maravilla! Es que nuestro rollo es: estoy para ti, no vengo a burlarme ni a fastidiarte.

 

¿Cómo así decide ser Clown de Hospital?

Escribí a una web de clown y pregunté si alguien sabía qué era eso de Clown de Hospital -yo no tenía ni idea-, y me respondió un director de Pupaclown, de España. Le hacía 80 preguntas, así nos pasamos un mes hasta que: ¿por qué mejor no vienes? Fui, vi cómo trabajaban en el hospital y volví; inicié el papeleo y en enero comencé.

 

No se trata de ir adonde los niños y hacerlos reír, hay que prepararse.

Claro, además hay todo un código deontológico del Clown de Hospital, que rige en el mundo. Es una cosa seria: hay hartos libros que leer, materiales, psicología… Y ya pues, vine y le pedí a Gonzalo (Torres) que me acompañe. Nos presentamos al Hospital del Niño y al Neoplásicas. Solo el del Niño aceptó el proyecto.

 

Siendo un clown, ¿cómo hizo para ser tomada en serio?

Hablé con la directora. No lo entendió muy bien, ¡nosotros tampoco sabíamos si iba a funcionar! Me dijo: qué tal si hacemos a prueba. Perfecto, porque si veo que solo es un entretenimiento, no me interesa, le dije.

 

En ese momento usted se estaba jugando su destino, porque dedicarse a esto no les iba a significar un gran reconocimiento económico.

En un momento pensamos que sí, porque en otros países los Clown de Hospital reciben muchas donaciones: en Brasil, los Doctores de la Alegría tienen un súper edificio; en Holanda tranquilamente podrían mantenernos a nosotros y a diez grupos más de Sudamérica. Aquí es otra cosa.

 

¿Qué pasa?

Lo nuestro no es tangible: voy a un banco y no tengo ‘nada’ a cambio que darle, porque lo que damos va al interior de las personas, y eso acá no tiene mucho valor. Además, el público con el que trabajamos no le interesa a las empresas. Nos dicen: bacán, pero esos niños no van a comprarnos cosas.

 

Sin embargo, en el Perú hay muchas empresas grandes, que tienen fundaciones, que invierten dinero… ¿Cuántas puertas ha tocado?

La verdad es que no muchas, porque soy muy mala para pedir dinero. Ni bien me siento y me salen con que te doy pero a cambio de tal cosa: te doy globos con mi logo para que se los regales a los niños, ahí se me paran los pelos, ahí me doy cuenta de que no me han entendido nada: porque no me voy a pasar una hora explicándote de qué se trata para que me digas: te doy globos con mi publicidad.

La mayoría de empresas quiere eso: publicidad gratis, o te doy, pero a cambio tienes que trabajar acá, acá y allá, además del hospital. Entonces, al final, te están pagando para que les hagas sus cosas.

 

La generosidad, tal cual, no existe.

La he encontrado en cosas muy puntuales: ahora que hemos estado en Iquitos, el Ministerio de Salud puso a nuestro servicio a una persona que fue una maravilla; la Marina nos dio un bus y un barco para que lleguemos a los sitios que teníamos que ir, a cambio de nada. Nos dijeron que si podíamos fuésemos a ver a los soldaditos, y nosotros dijimos ¡mostro! Porque esa iba a ser una experiencia nueva, y fue increíble.

 

Al final, Bola Roja ha recibido mayor apoyo estatal que de las empresa privada.

Sí. En Bola Roja las dos únicas personas que ganan un sueldo son el vigilante –que también hace la limpieza- y la secretaria. Los demás, incluso gastamos; porque tenemos que comprar los juguetes que llevamos al hospital, las batas, llevarlas a la lavandería, gastamos en transporte… Aduanas nos donó una camioneta, ¡que el SAT nos hizo prácticamente pagar! Todo es trabas, trabas, trabas (sonríe)…

 

¿Tiene tiempo para indignarse?

Sí, un rato. Es que, realmente, Bola Roja funciona por las ganas de todos nosotros. Con Patch (Adams) también fue así: oye, ¿y si vienen? Ya, voy, doy una conferencia… ¡¡¡Guau!!! ¡Y ahora qué hacemos! Y al final salió lindo. Ya, y ahora ¿a dónde vamos a ir a ‘clauniar’ (hacer de clown)? Qué, ¿quieres ‘clauniar’? Claro, me dijo: aprovéchenme, exprímanme; y nos lo llevamos al Hospital de Cantolao, y encontró que nuestro trabajo era del mismo tipo que el que hace él. Consíguete un bus y el año que viene nos vamos por donde tú quieras. ¡Ya, yo consigo el financiamiento! Y por supuesto que jamás lo conseguimos. Le dije que ya no venga, pero igual Patch vino con otros clowns. Ellos mismos se pagaron su pasaje, su hotel, su alimentación; pagaron la mitad del bus y nos fuimos al Cusco, Arequipa y Abancay.

 

Las dificultades son muchas, pero no veo ningún atisbo de que esté a punto de tirar la toalla.

Una vez sí: una empresa nos estuvo ayudando durante año y medio, hasta que el cheque que debía salir un día comenzó a tardar una semana, un mes, y cuando se acumularon tres meses y teníamos a toda la gente esperando, a la señora de la casa (a quien alquilan el local de Bola Roja), nos dijeron: ya no. Nos dejaron con tres meses de deudas.

 

¿Qué empresa fue?

Seguros Pacífico, pero eso pasa mucho. En ese momento sí me provocó tirar la toalla. Éramos 40 ‘bolis’ en emergencia. Entonces, como teníamos cosas que nos habían sobrado de la campaña pasada en el Jockey Plaza, las repartimos, vendimos, y con esa plata pagamos los meses de alquiler y otras cosas más. Claro, en ese momento dices: ¡auxilio! Pero las cometas vuelan contra el viento. De repente no sería tan divertido si no hubiese tantas trabas.

 

Aunque suene trillado: todo se recompensa con la sonrisa de los niños.

Sí, porque yo no puedo creer que sigamos andando después de cuatro años, y andando bien y con más gente.

 

Bola Roja no genera dinero. Pese a ello, al lado suyo Dionisio Romero es una zapatilla.

(Ríe) Yo soy la zapatilla de Romero, ¡o los pasadores!