Entrevista
CECILIA CHÁVEZ
Hoy con su esposo dueña de cuatro negocios y un centro de rescate para animales en Tingo María, era una ascendente funcionaria bancaria hasta que decidió independizarse
“Todos me decían que estaba loca”
ANTONIO ORJEDA
Conocimos a Cecilia Chávez en La Granja Villa, fungía de madre de un monito rescatado de los tentáculos de unos traficantes de animales. Dueña de esta y otras tres empresas, su historia es común a la de adolescentes que se iniciaron como madres antes de tiempo y que, por ello, creen que la posibilidad de éxito ya se les agotó. Ella es un ejemplo de ingenio, tesón y amor.
Se casó a los 16 porque salió embarazada.
Sí. Me casé con el permiso de un juez de menores porque mis padres no estaban de acuerdo. Me casé a los 16 y tuve a mi hijo a los 17.
Estando embarazada estudió secretariado.
Terminé el colegio en diciembre y me casé en marzo, y como el padre de mi hijo se opuso a que estudiase en una universidad porque “en una universidad hay hombres”…
Pero a los 18 se separó y comenzó a trabajar.
Fui a una agencia de empleo –no tenía tiempo para buscar trabajo-, así que me dediqué a reemplazar a secretarias en pre y post natal, pero lo que me afectaba era cuando me quedaba sin trabajo, porque el papá de mi hijo no estaba, se fue. Yo regresé y le toqué la puerta a mi mamá, pero ella me dijo: ¿te acuerdas que te dije que no te casaras? No tenía adónde ir, y tenía un problema económico bien serio. ¿Qué hice? Baje la cabeza y regresé a la casa de mi ex suegra. Estuve ahí dos años –sin que estuviera su hijo-, hasta que pude alquilar algo.
Y hasta que postuló al Banco de la Industria de la Construcción (BIC), adonde entró como cajera y llegó a ser funcionaria de moneda extranjera.
Esa fue una experiencia: en esa época los bancos trabajaban de 9 a 2:45, ¡los empleados bancarios éramos unos privilegiados! Entonces León Rupp, el presidente del banco, dijo: vamos a ser los pioneros, vamos a ser el banco que abra en dos turnos, ¿quién quiere entrar al turno tarde? Me apunté en la primera promoción, y como tal tuve acceso a mucho conocimiento, ya que teníamos que cumplir varias funciones a la vez. Te hablo del 81: yo trabajaba cerca de Palacio de Gobierno, entraba en la mañana y salía a la una, tomaba el carro que va por la Vía Expresa y me iba a Barranco a darle de almorzar a mi hijo; regresaba y me quedaba hasta las cinco de la tarde. Yo siempre he sido bien apasionada, nunca salí de vacaciones: las vendía porque necesitaba el dinero. Era muy tenaz, y el BIC fue mi trampolín. ¿Qué pasó? El área de moneda extranjera empezó a expandirse por el mundo: era un área difícil de manejar, y como yo era muy eficiente y no me hacía problema con los horarios –los sábados llevaba a mi hijo al banco-, hice mil cursos: me hice funcionaria de moneda extranjera. Y lo fui hasta que el banco fue intervenido y luego absorbido por el Interbank.
Permaneció hasta que decidió abrir su propia empresa: una casa de cambios.
Claro. En Interbank entré a mesa de dinero: estábamos en plena hiperinflación de Alan García y decidieron solo negociar dólares. Los comprábamos y vendíamos, era todo un negocio. Me especialicé en esa área.
Abrió su negocio y se fue para arriba. Usted debe adorar a Alan García.
Para eso, sí fue fabuloso. Por eso en las últimas elecciones me fui a Ocoña a buscar una casa de cambios, porque, si regresaba García, ¡imagínate! ¡el negocio iba a ser el negocio cambiario!… No te rías, ¡lo digo en serio!
Pero por Alan también conoció a Víctor, que también tenía casa de cambios. Ahora están casados y tienen varios negocios juntos.
En el Interbank yo estaba en mesa de dinero y le generaba mucha utilidad al banco, dije que necesitaba ganar más, pero no. Entonces le pedí a un amigo que me preste diez mil dólares y alquilé una oficina. Todo el mundo me dijo que estaba loca: ¡tienes un hijo! En esa época la Federación de Empleados Bancarios era fuerte, cada año tenías aumento.
Gozaba de la ‘ansiada’ estabilidad laboral.
Pero no me alcanzaba, y yo sabía que podía: así que agarré mi cartera de clientes y me fui. Jalé a mi hermana, a mi hermano, y empecé a trabajar como broker (agente intermediario de operaciones financieras). Lo hice a solas hasta el 90, hasta que conocí a Víctor. Lo conocí por el negocio, yo estaba por casarme y él también, pero nos conocimos y no sé qué pasó… debe ser que como somos bien apasionados en lo que hacemos, nos costaba encontrar a la media naranja. Así que rompimos nuestros compromisos y nos casamos. Hubo mucha oposición, sobre todo de mi familia.
Por el tema racial.
Sí (Víctor no era del color ‘adecuado’), fue terrible. Yo ya tenía casa, mi hijo estaba en La Inmaculada, todo iba muy bien; así que decidimos seguir adelante. Invitamos a mi familia para que fuese si es que quería.
¿Y fue o no?
Fue. De eso hacen ya 14 años, juntamos las empresas y fue un boom, ¡hasta compramos un camión blindado! Trabajamos cuatro años más, pero con Fujimori ya no era lo mismo.
Cambiaron de giro y compraron la franquicia de Moy Park.
Víctor quería quedarse en el mercado financiero, pero le dije: vamos hacia algo más normal, y como no sabíamos hacer otra cosa que no sea cambios, nos fuimos a la feria de franquicias de Washington y nos quedamos con la de Moy Park, una franquicia mexicana que a los dos años dejó de funcionar y todos los negocios –en Portugal, España y todo Sudamérica- quebraron.
Todos, salvo el del Perú.
Sí, y nos regalaron el nombre y seguimos trabajando hasta hoy.
¿Aún tiene contacto con ellos? ¿Qué dicen de ustedes?
Les parece increíble. Lo que pasa es que ellos tenían muchos errores: a una franquicia uno tiene que ‘tropicalizarla’.
¿Tropicalizarla?
Poner todos tus costos en tu idioma.
Moy Park tomó cuerpo. En paralelo, ingresaron al rubro hotelería.
Eso fue un chiste: nosotros no teníamos la plata para entrar en las dos cosas, habíamos pensando entrar solo en una. Cuando Entur Perú decidió licitar todos sus hoteles, nosotros -bien capos- dijimos: vámonos por el de Cusco. No sacamos nada. Luego dijimos: Huaraz, y también nos ganaron. Decidimos no postular más.
¿Por qué perdían?
Porque siempre íbamos al precio base, ¡más misios que la patada! Pero cinco meses después la Cepri nos habló de un hotel que nadie quería: el de Tingo María. Ni hablar: terrucos, narcos; pero fuimos y nos pareció lo más soñado que podía haber. Nos presentamos, pero la apertura de sobre tardó como cinco meses. Pensamos que otra vez habíamos perdido, así que nos fuimos a la feria de franquicias, compramos la de Moy Park y, cuando regresamos, nos enteramos de que habíamos ganado la licitación del hotel. ¡¿Qué hacemos?! Apostamos por los dos, y ahí fue que apareció el Inrena para pedirnos que nos hiciéramos cargo de este animalito. ¡Teníamos seis hectáreas de terreno! Así que dijimos: bueno.
Así conoció a Bugui.
Y así empezó todo el cuento del centro de rescate. Mira, la verdad es que eso no da dinero, pero es tan gratificante que justifica todo esfuerzo.
Bugui es un oso de anteojos, y en el mundo hay incluso menos que osos panda.
Bugui representa a una especie en extinción total. Nosotros estamos en un país donde la preservación de las especies no vale nada, no hay dónde ubicarlos. A veces me llaman para decirme que tienen otro oso: el ambiente que yo tengo es espectacular para dos osos felices, si pongo tres van a ser menos felices, podría poner cuatro, pero cada vez van a tener menos posibilidad de ser felices.
Llegó a su vida algo inesperado.
Creo que lo tenía dormido. Conocer a Bugui fue darme cuenta de lo mal que estamos en este país, por eso iniciamos el centro de rescate y ahí preservamos a especies en estado vulnerable o de extinción.
Manejan, además, La Granja Villa, están por lanzar una marca de helados y por concretar la compra del bowling de Larcomar. En todos los casos, parte de las utilidades sirven de sostén del centro de rescate.
Definitivamente. El centro de rescate se ha hecho con recursos propios en un 100%, tenemos aves, monos y osos de anteojos. El gasto en comida es tremendo y nosotros no cobramos entrada, es que no tiene fines de lucro: es una satisfacción.
¿Cuál es su relación con su madre, con quien le cerró la puerta cuando tenía 18 años?
Yo creo que ella hizo lo mejor, porque si tú tienes que tomar una decisión a una edad temprana, y la tomas: tienes que ser responsable de tus actos. Si mi mamá me hubiera dicho: te equivocaste, ven, yo te voy a ayudar, yo no habría aprendido nada. Esa fue la gran lección de mi vida. |